LOS ESTRECHOS DEL PODER
El Bósforo y los Dardanelos como bisagra del orden global
Resumen
El presente artículo examina el rol de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos como nodos críticos del orden geopolítico internacional. Se sostiene que su control confiere a Turquía una forma de hegemonía funcional sobre la circulación entre el Mar Negro y el Mediterráneo, transformando el principio de libre navegación en instrumento de Realpolitik. El análisis integra perspectivas teóricas de la geopolítica clásica y contemporánea, el derecho internacional marítimo y la teoría de las relaciones internacionales, y se apoya en evidencia empírica derivada de la Guerra de Ucrania (desde 2022) y del proyecto Kanal Istanbul. Se concluye que, en un contexto de fragmentación del orden liberal, los estrechos turcos emergen como palancas de soberanía selectiva capaces de redefinir las reglas tácitas del poder en el siglo XXI.
Palabras clave: Bósforo, Dardanelos, Convención de Montreux, Turquía, geopolítica marítima, chokepoints, Realpolitik, Mar Negro.
1. Introducción
En la cartografía del poder internacional, existen geografías que pesan más que otras. No por sus dimensiones, sino por la densidad de intereses que concentran y la asimetría de consecuencias que su control genera. Los estrechos del Bósforo y los Dardanelos —dos angostos pasajes de agua que conectan el Mar Negro con el Mar de Mármara y este con el Mediterráneo— pertenecen a esa categoría excepcional. Con una longitud combinada inferior a los cien kilómetros, constituyen la única salida natural al mar abierto para Bulgaria, Georgia, Rumanía, Rusia, Ucrania y las propias costas septentrionales de Turquía (Wikipedia, s.f.-a). Esta condición de monopolio geográfico los transforma, de manera inevitable, en instrumentos políticos.
La tesis que orienta este artículo es que los estrechos del poder no son meros corredores marítimos, sino nodos críticos donde la geografía se convierte en estrategia: su control permite a Turquía ejercer una forma de hegemonía funcional sobre la circulación entre el Mar Negro y el sistema internacional, transformando el principio de libre navegación en un instrumento de Realpolitik. En un contexto de creciente fragmentación del orden global, estos chokepoints —término anglosajón que designa los puntos de estrangulamiento del comercio y el tráfico naval— emergen como palancas decisivas de soberanía selectiva, capaces de condicionar tanto el equilibrio militar regional como la fluidez del comercio global, redefiniendo así las reglas tácitas del acceso, la influencia y el poder en el siglo XXI.
Para sustentar esta tesis, el artículo se organiza en cuatro partes. En primer lugar, se construye un marco teórico que convoca a siete autores clave del pensamiento geopolítico y de las relaciones internacionales. A continuación, el desarrollo analítico se articula en tres secciones temáticas: el régimen jurídico que formaliza el control turco (Convención de Montreux), la instrumentalización estratégica de dicho control en el conflicto ucraniano, y la proyección futura mediante el proyecto Kanal Istanbul. Las conclusiones ofrecen una respuesta directa a la tesis y trazan una proyección estratégica para la próxima década.
2. Geografía, Poder y Estrechos
El estudio de los estrechos como instrumentos de poder requiere articular perspectivas teóricas provenientes de la geopolítica clásica, el neorrealismo, la teoría de la interdependencia y el derecho internacional. A continuación, se presenta la contribución de siete autores fundamentales para el análisis.
2.1. Alfred Thayer Mahan y el poder marítimo
El almirante Alfred Thayer Mahan sentó, en su obra The Influence of Sea Power upon History (1890), los fundamentos del pensamiento geopolítico marítimo moderno. Para Mahan, el dominio de los mares era la condición sine qua non de la grandeza nacional: los chokepoints —que él denominaba posiciones estratégicas de control— eran tan decisivos como los campos de batalla terrestres. Su argumento central sostenía que quien controlara los puntos de paso obligado entre mares y océanos tendría una ventaja estructural irreversible sobre sus competidores (Mahan, 1890/2007). Aplicado al Bósforo y los Dardanelos, el razonamiento mahaniano es cristalino: la potencia que custodie estos estrechos puede denegar o conceder el acceso al Mar Negro, convirtiendo ese poder de cierre en un activo estratégico de primer orden.
2.2. Halford Mackinder y el pivote euroasiático
Halford Mackinder, en su célebre conferencia ante la Royal Geographical Society (1904), formuló la teoría del Heartland, según la cual el control del núcleo euroasiático era la clave del dominio mundial. En su esquema geopolítico, los estrechos turcos constituyen la bisagra entre el Heartland y el Rimland marítimo: son, en su lenguaje, una de las puertas que conectan el corazón continental con el sistema oceánico (Mackinder, 1904/2004). La relevancia contemporánea de Mackinder reside en que su marco sigue siendo útil para entender por qué Rusia ha codiciado históricamente el control o el libre acceso a los estrechos: sin ellos, la proyección naval rusa desde el Mar Negro hacia el Mediterráneo y más allá queda bloqueada de manera efectiva.
2.3. Nicholas Spykman y el poder del Rimland
Nicholas Spykman invirtió el argumento de Mackinder en su obra The Geography of the Peace (1944), argumentando que no era el Heartland interior, sino el Rimland periférico —la franja costera que rodea Eurasia—, el espacio estratégico decisivo. En la lógica de Spykman, Turquía ocupa un nodo esencial del Rimland euroasiático, y sus estrechos son la articulación entre el Mar Negro y el Mediterráneo, entre el espacio postsoviético y el sistema atlántico-occidental (Spykman, 1944/2007). Esta perspectiva anticipa la centralidad que Turquía adquirió durante la Guerra Fría como flanco sur de la OTAN y su renovada relevancia en el siglo XXI.
2.4. Zbigniew Brzezinski y el Gran Tablero
Zbigniew Brzezinski, en El gran tablero mundial (1997), clasificó a Turquía como un pivote geopolítico: un Estado cuya importancia estratégica deriva menos de su poder propio que de su posición geográfica y de la capacidad de su inestabilidad —o estabilidad— para afectar a potencias mayores. Para Brzezinski, Turquía actuaba como el puente de Europa hacia Oriente Medio (Brzezinski, 1997, citado en Global Strategy Report, 2024). Décadas después, esa clasificación subestima el poder activo que Ankara ha desarrollado: el pivote ha devenido actor, y sus estrechos, instrumentos de negociación autónoma.
2.5. John Mearsheimer y el realismo ofensivo
El realismo ofensivo de John Mearsheimer sostiene que los Estados maximizan su poder relativo de manera continua, dado que el sistema internacional es inherentemente anárquico y ningún actor puede estar seguro de las intenciones ajenas (Mearsheimer, 2001). Bajo esta lente, el comportamiento de Turquía respecto a los estrechos es perfectamente racional: Ankara utiliza el control sobre el Bósforo y los Dardanelos para extraer concesiones, mantener equidistancia estratégica y acumular poder de negociación frente a la OTAN y Rusia simultáneamente. El realismo ofensivo predice, además, que cualquier revisión del régimen jurídico de los estrechos —como la que plantea el Canal de Estambul— será resistida por las potencias que se vean perjudicadas.
2.6. Robert Keohane e interdependencia asimétrica
Robert Keohane, junto con Joseph Nye, desarrolló en Power and Interdependence (1977) el concepto de interdependencia asimétrica: la potencia que dependa menos de una relación, y cuyos costes de ruptura sean menores, tendrá mayor poder de negociación. Esta noción es directamente aplicable a los estrechos turcos: Turquía no necesita que los buques pasen para sobrevivir económicamente, pero los países ribereños del Mar Negro sí necesitan que pasen para comerciar y proyectarse militarmente. Esta asimetría otorga a Ankara una ventaja estructural que puede activar discrecionalmente (Keohane & Nye, 1977/2012).
2.7. Alexander Wendt y el constructivismo
Por su parte, Alexander Wendt, en Social Theory of International Politics (1999), recuerda que las estructuras del sistema internacional no son materiales sino intersubjetivas: lo que importa no es solo quién controla los estrechos, sino qué significados le atribuyen los actores a ese control. La narrativa turca de ‘autonomía estratégica’ y ‘equilibrio entre bloques’ no es solo un cálculo racional: es la construcción de una identidad de potencia bisagra que legitima internamente y externamente el uso discrecional de los estrechos como instrumento político (Wendt, 1999). Esta dimensión ideacional complementa y complejiza los análisis puramente materiales.
3. Desarrollo Analítico
3.1. La Convención de Montreux: El Derecho como Arquitectura del Poder
El 20 de julio de 1936, en la localidad suiza de Montreux, diez naciones firmaron el tratado que definiría el régimen jurídico de los estrechos turcos hasta el presente. La Convención de Montreux sobre el Régimen de los Estrechos devolvió a Turquía la soberanía plena sobre el Bósforo y los Dardanelos —perdida tras la derrota en la Primera Guerra Mundial—, y estableció un marco normativo de singular complejidad que distingue entre tiempos de paz y de guerra, y entre buques mercantes y de guerra (Wikipedia, s.f.-b). Su vigencia, más de ocho décadas después, la convierte en uno de los tratados internacionales más longevos del mundo en activo materia marítima (Global Strategy, 2022).
El núcleo del régimen instaurado por Montreux descansa en tres pilares. El primero es la libertad de tránsito para la marina mercante: en tiempos de paz, los buques comerciales de cualquier bandera pueden transitar los estrechos libremente, de día y de noche, independientemente de su carga (La Estrella de Panamá, 2022). El segundo pilar son las restricciones al tránsito de buques de guerra, particularmente para las potencias no ribereñas del Mar Negro: sus naves militares deben tener un desplazamiento inferior a las 15.000 toneladas, no puede haber más de nueve de ellas simultáneamente en tránsito, y su tonelaje conjunto no puede superar las 30.000 toneladas (Wikipedia, s.f.-b). El tercer pilar es el poder de cierre: en situaciones de guerra o de amenaza inminente, Turquía puede cerrar los estrechos a los buques de guerra de las naciones beligerantes (Lex Maris News, 2022).
Esta arquitectura jurídica, sin embargo, no opera en el vacío. En 1982 se incorporó una enmienda que permite a Turquía el cierre de los estrechos a su entera discreción, tanto en tiempos de paz como durante conflictos bélicos (Wikipedia, s.f.-b). Adicionalmente, Turquía ha rechazado ratificar la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), lo que blinda a Montreux de cualquier presión de adaptación al derecho marítimo contemporáneo (Wikipedia, s.f.-b). Esta combinación —soberanía ampliada, texto restrictivo para terceros y rechazo al multilateralismo superveniente— configura lo que aquí denominamos una arquitectura del poder: un régimen jurídico que, formalmente, garantiza el libre paso, pero que en la práctica otorga a Turquía un poder discrecional de regulación excepcional.
La asimetría es reveladora. Mientras que el tráfico mercante —que transporta hidrocarburos del Mar Caspio y el Mar Negro hacia los mercados europeos, cereales desde los puertos ucranianos y rusos, y fertilizantes hacia África y Asia— goza teóricamente de libre tránsito, ese mismo tráfico es vulnerable a la tensión geopolítica circundante. La guerra en Ucrania demostró que la interrupción del comercio en el Mar Negro tiene efectos en cascada sobre precios de alimentos y energía a escala global (El Mercantil, 2024). La Convención de Montreux no creó neutralidad: creó dependencia asimétrica. Y esa dependencia es la base estructural sobre la que Turquía edifica su influencia.
3.2. La Guerra de Ucrania como Laboratorio Geopolítico
El 24 de febrero de 2022, la invasión rusa de Ucrania convirtió los estrechos turcos en el objeto más escrutado de la diplomacia internacional. En cuestión de días, el mundo descubrió que un tratado firmado en una pequeña localidad suiza en 1936 tenía consecuencias operativas directas sobre la guerra en el siglo XXI. El 27 de febrero de 2022, el ministro de Exteriores turco, Mevlüt Çavuşoğlu, anunció que Turquía implementaría la Convención de Montreux, generando confusión entre los actores: Kiev interpretó inicialmente que Ankara cerraba el estrecho a los buques rusos; Turquía matizó que simplemente estaba aplicando el artículo 19 del tratado, que prohíbe el paso de buques de guerra de naciones beligerantes, salvo que regresen a su puerto base (Global Strategy, 2022).
Esta ambigüedad calculada no fue accidental. Fue la manifestación más nítida de lo que los analistas denominan la política de equilibrio estratégico de Ankara: <la ambivalencia no es incoherencia, es una estrategia para maximizar su relevancia y mantener canales con todos los centros de poder> (IGADI, 2025). Turquía condenó formalmente la invasión, vendió drones Bayraktar a Ucrania, cerró los estrechos a refuerzos navales rusos procedentes del Mediterráneo, facilitó negociaciones de paz y canjes de prisioneros en suelo turco, y al mismo tiempo se negó a imponer sanciones a Moscú y protegió el tránsito de los buques rusos que regresaban a sus puertos del Mar Negro (IDHUS, 2025). Cada uno de estos movimientos fue ejecutado con referencia explícita a la Convención de Montreux: el tratado se convirtió en escudo jurídico y en instrumento de negociación simultáneamente.
El artículo 19 del convenio reviste especial importancia estratégica en este contexto. Dicho artículo, que Turquía invocó en el conflicto ucraniano, deniega el paso a los buques de guerra beligerantes, pero admite una excepción crucial: los navíos pueden transitar si regresan a su puerto de matrícula (Aquilino Cayuela, 2023). Esto significa que Rusia pudo repatriar sus buques anclados en el Mediterráneo, mientras que las flotas de la OTAN no pudieron reforzar su presencia en el Mar Negro. En la práctica, la aplicación del artículo 19 consolidó la superioridad relativa de Rusia en el teatro marítimo del Mar Negro durante las fases iniciales del conflicto.
Desde una perspectiva comercial, las consecuencias también fueron sistémicas. El Mar Negro concentra el tráfico de petróleo, trigo y fertilizantes que abastecen a múltiples regiones del planeta. Rusia produce el 30% de las exportaciones mundiales de trigo, y su principal puerto de exportación, Novorossiysk —situado en el Mar Negro—, procesó 92,7 millones de barriles de crudo solo en 2023 (El Mercantil, 2024). Cualquier perturbación de ese flujo se transmite a los mercados de alimentos y energía con una velocidad que las cadenas de suministro modernas no pueden amortiguar fácilmente. La invasión rusa interrumpió gravemente el flujo de cereales, petróleo y otros productos básicos a través del Mar Negro, poniendo en evidencia la influencia geopolítica que el control de los estrechos confiere a Turquía (Infobae, 2026).
Esta situación confirma la hipótesis central de este artículo: Turquía no solo custodia un corredor de paso; administra un punto de estrangulamiento del orden económico internacional. Y lo hace con una destreza que combina el derecho internacional con el cálculo de Realpolitik. Ankara no cierra los estrechos de manera arbitraria —ello violaría Montreux y dañaría su reputación diplomática—; pero regula, matiza e interpreta el tratado de manera que maximiza su autonomía y su poder de negociación. Se trata, en suma, de soberanía selectiva: la capacidad de elegir cuándo la norma sirve al interés nacional y cuándo conviene aplicarla con mayor o menor literalidad.
3.3. Kanal Istanbul: La Geografía Rediseñada como Instrumento Estratégico
Si la Convención de Montreux constituye la arquitectura jurídica del poder turco sobre los estrechos, el proyecto Kanal Istanbul representa su potencial reconfiguración geográfica. Anunciado por primera vez en 2011 por Recep Tayyip Erdoğan, entonces primer ministro, el ‘proyecto loco’ —como el propio Erdoğan lo denominó en diversas ocasiones— consiste en la construcción de un canal artificial de 45 kilómetros de longitud, paralelo al Bósforo, que conectaría el Mar Negro con el Mar de Mármara (France 24, 2021). Con 25 metros de profundidad y entre 250 y 1.000 metros de ancho según los tramos, el canal convertiría a la parte europea de Estambul, técnicamente, en una isla (Yahoo Noticias, 2021).
La dimensión geopolítica del proyecto es tan significativa como sus cuestionamientos técnicos y ambientales. El punto de inflexión es la relación del canal con la Convención de Montreux: dado que el Bósforo es el único canal natural que vincula el Mar Negro con el Mar de Mármara, el tratado de 1936 le es aplicable de manera inequívoca. Sin embargo, Kanal Istanbul es una vía artificial, y el propio Erdoğan declaró en múltiples oportunidades que la Convención de Montreux no tendría vigencia en la nueva vía navegable (Global Voices, 2021). En términos prácticos, eso significaría que Turquía podría permitir el ingreso de cualquier embarcación militar al Mar Negro, incluyendo las de bandera estadounidense, sin las restricciones de tonelaje y notificación que impone Montreux.
Esta perspectiva desató reacciones inmediatas. Las alarmas se encendieron en Rusia al considerar que el canal supondría un nuevo acceso de navegación para los adversarios de la OTAN al Mar Negro, un espacio estratégico de especial sensibilidad desde la anexión de Crimea en 2014 (La Nación, 2021). Un grupo de almirantes turcos retirados publicó una declaración advirtiendo de los peligros de un posible retiro de la Convención de Montreux (Global Voices, 2021). Pero más allá de la reacción rusa, el proyecto expone la naturaleza del cálculo estratégico turco: Ankara no necesita construir el canal para obtener beneficios de su mera existencia como amenaza plausible. La posibilidad de sortear Montreux mediante una vía artificial incrementa el poder de negociación turco frente a todas las partes interesadas.
El gobierno turco reconoció en julio de 2025 que no tenía planes inmediatos para llevar adelante la construcción del controvertido canal (Hispanatolia, 2025). Esta declaración no elimina el proyecto del horizonte estratégico, pero sí revela la naturaleza del instrumento: Kanal Istanbul ha funcionado como una opción estratégica latente, cuya mera enunciación altera los cálculos de Rusia, la OTAN y los países ribereños del Mar Negro. En el tablero geopolítico, la amenaza creíble de un movimiento puede ser tan poderosa como el movimiento mismo.
La controversia ambiental tampoco es irrelevante desde una perspectiva geopolítica. Los expertos advierten que la conexión artificial podría impactar la salinidad de ambos mares y destruir ecosistemas críticos (Global Voices, 2021). Si la construcción avanzara, Turquía enfrentaría resistencia interna y presión internacional que reduciría sus márgenes de maniobra. La decisión de pausar el proyecto, por tanto, también puede leerse como pragmatismo estratégico: preservar la opción sin asumir los costes.
4. Conclusiones: Soberanía Selectiva en el Siglo XXI
Los estrechos del Bósforo y los Dardanelos no son simplemente angostas vías de agua: son la materialización física de una asimetría estructural en el sistema internacional contemporáneo. A lo largo de este artículo se ha argumentado que su control otorga a Turquía una forma de hegemonía funcional que no requiere superioridad militar absoluta ni dominio económico regional: basta con la capacidad de regular el acceso para que la geografía se convierta en instrumento de poder.
La respuesta a la tesis central es afirmativa y matizada. El principio de libre navegación, consagrado en la Convención de Montreux como garantía universal, ha sido transformado en un instrumento de Realpolitik mediante un mecanismo sofisticado: Ankara no niega el libre paso de manera sistemática, sino que administra las ambigüedades, excepciones y facultades discrecionales del tratado para maximizar su posición negociadora frente a las grandes potencias. Esta soberanía selectiva —la capacidad de elegir cuándo y cómo aplicar la norma en función del interés nacional— constituye la innovación estratégica más relevante que Turquía ha desplegado en el presente siglo.
La evidencia empírica de la Guerra de Ucrania confirma esta hipótesis con precisión notable. Turquía aplicó el artículo 19 de Montreux de tal manera que impidió el refuerzo naval occidental en el Mar Negro, permitió el retorno de los buques rusos a sus puertos base, facilitó negociaciones de paz en su territorio y extrajo reconocimiento diplomático de todas las partes —sin pagar el coste de ninguna sanción ni de ninguna beligerancia directa. Esta política de equilibrio, señalada por autores como Dalay (2022) y analizada desde el realismo ofensivo de Mearsheimer (2001), no es una contradicción de sus compromisos con la OTAN: es su racionalización estratégica más avanzada.
Desde una proyección estratégica hacia la próxima década, tres tendencias merecen atención especial. En primer lugar, la creciente fragmentación del orden multilateral liberal —ilustrada por el debilitamiento de la CONVEMAR, las tensiones dentro de la OTAN y la reconfiguración de las rutas energéticas globales— ampliará el margen de maniobra de actores como Turquía que poseen recursos geográficos singulares. La incapacidad de ‘Ormuz no es el único punto débil del comercio mundial’ para ser reemplazado fácilmente (Infobae, 2026) se aplica igualmente a los estrechos turcos: no existe una ruta alternativa viable para los países del Mar Negro.
En segundo lugar, la posibilidad de que el proyecto Kanal Istanbul sea retomado en un contexto internacional diferente mantiene una incertidumbre estructural sobre el futuro del régimen de Montreux. Si Turquía lograra construir una vía artificial eximida del tratado, la asimetría de poder que hoy ejerce se multiplicaría: Ankara podría seleccionar qué flujos navales se someten al régimen convencional y cuáles no, convirtiendo la geopolítica de los estrechos en un mercado de acceso donde Turquía es el único vendedor.
En tercer lugar, el auge de la doctrina Mavi Vatan —’Patria Azul’— como horizonte de expansionismo marítimo turco sugiere que Ankara concibe sus estrechos no solo como un punto de control pasivo, sino como la base de proyección de una potencia naval mediterránea y del Mar Negro con ambiciones regionales de mayor alcance (Global Strategy Report, 2024). En este escenario, los estrechos del poder dejan de ser un simple instrumento de regulación para convertirse en el núcleo de una gran estrategia turca en construcción.
Concluimos, por tanto, que en el siglo XXI la geografía no ha perdido relevancia: la ha concentrado. Los chokepoints —Ormuz, Malaca, el Canal de Suez, Bab el-Mandeb, el Bósforo y los Dardanelos— son los puntos donde el mapa sigue determinando el destino. Y en esa cartografía del poder, ningún actor ha sabido convertir su posición geográfica en ventaja estratégica con mayor pericia que Turquía.
Los estrechos del poder no son reliquias de la geopolítica del siglo XX: son el laboratorio donde se definen las reglas del orden del siglo XXI.

